
Como punto de partida para lo que pretendemos describir en medio de lo que muchos llaman una «desgracia»; mientras que otros lo ven como una oportunidad única de reencontrarnos con nosotros mismos, reinventarnos y emerger a través del amor, citamos un interesante trabajo logrado por Esteban Hernández y Héctor G. Barnes, en el portar «El Confidencial», (Las pautas para reinventarse según el psiquiatra Luis Rojas Marcos – 07/07/2012) en el que desnudan los más íntimos ideales intelectuales del profesor.
«La verdadera reinvención, no es mera transformación de actitudes. Éstas son sencillas de modificar, lo complicado es alterar las conductas. «Reinventarse no sólo consiste en creer en cosas en las que antes no se creía, sino en tener otros comportamientos. Para cambiar de rutinas hace falta tiempo, pero también esa voluntad que solo se posee cuando somos conscientes de que debemos cambiar».
Antes de que el Coronavirus, del cual mutó quizás el más letal de todos los virus en la historia de la humanidad, y que ha provocado por primera vez en el mundo un confinamiento donde las familias hoy están privadas de la libertad, cual delincuente; bautizado con el nombre Covid-19. Hay algo mucho más fuerte y potente que ese enemigo silencioso, arraigado en los humanos, incluso, muta por voluntad propia como una fuerza intrínseca y aún más veloz; el amor, sí, ese que definitivamente tampoco ha sido ajeno a esta reorganización que vive nuestro planeta.
Familias encerradas o aisladas, novios y amigos distanciados, compañeros de trabajo, con quienes muchas veces se pasaba mucho más tiempo con ellos que la propia familia. Atravesamos por un momento inédito donde paradójicamente los besos, abrazamos, apretones de manos, han cambiado la forma de relacionarnos en nuestros entornos con los demás.
Surge entonces una nueva forma de amar, o tal vez no nueva realmente, pero sí emergente. Un amor adaptado a una forma menos física pero quizá por ello más profunda y espiritual; más poderosa que cualquier otra cosa que hayamos podido experimentar; un amor reflejado en el Dios vivo que hoy, ha querido que estemos más unidos que nunca, que ha llevado incluso a humanizar algo que se ve tan impersonal como lo es la comunicación virtual. Un amor que se entrelaza con la solidaridad y la compasión; un amor que busca el altruismo, la bondad; un amor que nos llena de esperanza, que nos hace pensar que cuando todo esto pase, podremos ser y estar mejor.
Un amor que nos hace ver más en nuestro interior y que a su vez nos conecta con la naturaleza. Hemos sido testigos, como hace mucho tiempo no lo hacíamos, de hermosos amaneceres, y atardeceres majestuosos, lunas radiantes. No era que antes no existieran, simplemente, estábamos demasiado ocupados para esas cosas donde Dios está implícito.
A los esposos les ha tocado redescubrir los caminos del amor; a los padres aprender a tolerar a esos chiquitines que tanto aman, para los cuales se tiene tan poca paciencia en ocasiones; a los abuelitos, en medio de su amor por los nietos sobre todo, les ha tocado aprender sobre tecnología, redes sociales, conocer aplicaciones como Zoom, Instagram, y un montón de cosas que nunca imaginaron tener que aprender a utilizar para no pasar desapercibidos en medio de esta revolución tecnológica; a los jóvenes, hacer fiestas en línea en un intento por mantener vida social; a los amigos reencontrarse a través de la virtualidad y hacer de esos encuentros espacios cálidos que permitan que a través de la fría pantalla, y el apático teclado resurja la fuerza de un abrazo en la distancia, la ternura de una caricia, el aliento de una palabra. Es eso, o morir en desamor.
Efectivamente el amor no se ha ido, nunca se ha ido, siempre ha estado allí, está más presente que nunca, inventándose, redescubriéndose, porque, aunque hemos sido tildados como el verdadero mal del planeta, estamos llamados a habitarlo y a inundarlo de esa fuerza que como humanidad poseemos.
Solo necesitábamos de esta oportunidad, de este momento, porque a pesar de que el enemigo (Covid-19) quiera exterminarnos; aunque mueran muchos, no podrá vencernos. ¿Y saben por qué?, porque el amor no se destruye jamás, se irán y vendrán nuevos desafíos para la raza humana que seguramente nos pondrán una y otra vez a prueba con él, (el amor), pero nadie en este mundo podrá destruirlo en nuestras vidas.
Emilio Gutiérrez Yance




