La candela viva: la llama que no se apagó en Chimichagua

Hace 70 años, un acordeón de botones le dio eternidad a un incendio. Alejandro Durán, primer Rey Vallenato, rescató en 1955 una canción que andaba suelta por las calles polvorientas de Chimichagua: “La candela viva”. La obra, nacida de la pluma y la memoria de Heriberto Pretel Medina, convirtió la desgracia en canto, y el dolor en tambora.
Todo había comenzado un miércoles 14 de febrero de 1923, cuando Ana María Flórez encendió su horno de barro para asar panochas, galletas y almojábanas. Una chispa alcanzó el techo de palma de la casa de Luis Roberto León. En cuestión de minutos, el fuego devoró el pequeño pueblo, dejando ruinas, pérdidas y la certeza de que aquel día quedaría marcado para siempre en la memoria colectiva.
Heriberto Pretel, negro bonachón, enamorador y cantador de tambora, tomó la desgracia y la vistió de música. Así nació “La candela viva”, himno del dolor y la resistencia, que Alejo Durán llevaría a la pasta sonora, evitando que quedara enterrada en el silencio. “Fuego, fuego, fuego, la candela viva… que se quema Chimichagua”, repetía el estribillo, no como lamento sino como testimonio.
Pretel, “Heribe”, no solo dejó esa joya. En su garganta y en su tambora nacieron piezas como “La perra”, “La palomita”, “Mi compadre se cayó” o “Los pozos brillantes”. Pero siempre agradeció a su compadre Alejo por grabarlas y llevarlas más allá de Chimichagua, hasta las emisoras, radiolas y picos del Caribe.
Paradójicamente, el domingo 14 de agosto de 1988, cuando murió a los 89 años, el sacerdote prohibió sonar tamboras en su despedida. Heribe, que tanto dio a la música, se fue sin su propio ritmo en el aire.
Sin embargo, la candela siguió encendida. Totó la Momposina la llevó al mundo en su voz, la bailó el Ballet de Sonia Osorio en Moscú, y en 2013 Jorge Celedón la revivió junto a Totó. Hoy suma más de 15 versiones, interpretadas por Alfredo Gutiérrez, Lizandro Meza, El Binomio de Oro, Moisés Ángulo, Adriana Lucía, Los Soneros de Gamero, entre otros, guardianes de una llama que se niega a apagarse.
El investigador Hernán Martínez Argüelles lo resume: “La candela viva identifica a Chimichagua como ‘La Piragua’ de José Benito Barros. Es una obra que trasciende generaciones, y su autoría, la de Heriberto Pretel, no admite duda”.
La canción que nació del incendio no ardió en cenizas. Se volvió símbolo, memoria y orgullo. Porque en Chimichagua la candela sigue viva: en cada tambora que retumba, en cada voz que la canta, en cada baile que la reinventa. Y en cada lágrima que recuerda que hasta de la desgracia puede brotar un canto eterno.




