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La increíble vida del Cachaco Cueva: 90 años de voz, pasión y corralejas en San Juan

Su voz marcó a generaciones y su legado sigue vivo en cada rincón.

En el corazón de San Juan Nepomuceno, entre las calles que han visto pasar siglos de historias, vive Humberto José Cueva Sánchez, mejor conocido como el Cachaco Cueva, un hombre cuya voz ha sido la voz oficial de las corralejas, el béisbol y el softbol, y cuya memoria guarda la transformación de este pueblo durante casi un siglo.

Nació un primero de agosto, hace 90 años, en una casa del centro propiedad de don Manuel Cuevas Martínez. Su niñez quedó marcada por la orfandad temprana y por la crianza amorosa de sus abuelos. A los 12 años, un sacerdote alemán lo llevó a un remoto rincón entre Bogotá y Villavicencio. Allí, además de aprender, enseñó a otros muchachos que no sabían ni leer, y trabajó recogiendo café, limpiando arroz y cortando caña. Era el inicio de un camino de servicio y entrega, aunque él aún no lo supiera.

El apodo que lo haría leyenda nació por casualidad. Tras regresar de su aventura en tierras frías, apareció un día en el parque de San Juan con sombrero y chaqueta, y un primo, al verlo, exclamó: “¡Cachaco Cueva!”. El mote quedó tatuado en la memoria colectiva del pueblo.

Su voz, su marca. Desde los años setenta, el Cachaco Cueva tomó el micrófono para narrar corralejas, primero como complemento de otros narradores, luego como protagonista absoluto. En el estadio, su voz animaba partidos de béisbol y softbol con la misma pasión que narraba la salida de un toro. “Toda mi vida se la entregué al deporte de aquí”, dice con orgullo. Fundó campeonatos, dirigió equipos y mantuvo vivo el béisbol en La Floresta cuando pocos apostaban por él.

Su vida laboral también pasó por las salas de cine. En Barranquilla, trabajó para Columbia Pictures revisando películas y proyectándolas en un teatro, y de regreso a San Juan, siguió llevando historias a la pantalla grande local. Pero su verdadera película fue la vida misma, siempre en función de su comunidad.

El Cachaco no acumula riquezas, pero sí honores. El estadio de softbol de las afueras lleva su nombre por decreto, un homenaje que él considera más que merecido: “Yo di toda mi juventud por el deporte”, asegura. Sin pensión formal, vive de un modesto bono cultural y de su fortaleza física, que le permite aún andar en bicicleta por las calles del pueblo.

Hablar con él es viajar por el tiempo: recuerda el San Juan de antaño como un lugar más puro, con alimentos sin químicos y vecinos unidos, y defiende que el pueblo de hoy sigue siendo un paraíso por su tranquilidad y hospitalidad. Para él, el único gran pendiente es el agua y un alcantarillado que funcione.

A sus 90 años, el Cachaco Cueva sigue esperando poder contarle al gobernador su historia de vida. Mientras tanto, vive agradecido por lo que ha tenido: una casa, una compañera, sus hijos y la satisfacción de haber entregado su voz y sus días a San Juan Nepomuceno.

En estos 249 años de historia, su nombre es parte de la identidad del pueblo. Porque hay voces que no solo narran, sino que construyen comunidad y se vuelven memoria. Y en San Juan, la voz del Cachaco Cueva seguirá sonando, aunque algún día el micrófono se apague.

Redacción SanJuandemisAmores.CO

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