Mientras el mundo llora al papa Francisco, las calles de Cartagena de Indias todavía susurran recuerdos de aquel 10 de septiembre de 2017, cuando la ciudad se vistió de blanco y esperanza para recibirlo. Fue una jornada marcada por el sol ardiente, las lágrimas sinceras y una fe que desbordó esquinas, balcones y corazones.
Hoy, casi una década después, Cartagena guarda un silencio distinto. Ya no es el bullicio de la espera, sino el eco profundo de una despedida. Pero los recuerdos siguen latiendo. El papa Francisco no solo atravesó sus calles: sembró fe, unidad y consuelo en su gente.
Más allá de los actos litúrgicos y el protocolo, su presencia tocó vidas y dejó una huella que el tiempo no ha borrado. La visita del sumo pontífice no fue solo un acontecimiento religioso: fue un acto de reconciliación nacional, de encuentro colectivo entre creyentes, escépticos, políticos, indígenas, afros y niños de barriada.

Cartagena de Indias, ciudad de contrastes, lo recibió con devoción, y él le devolvió una mirada compasiva que aún permanece en la memoria de muchos. Uno de los momentos más recordados ocurrió en el barrio San Francisco, donde, al saludar desde su papamóvil, el vehículo frenó bruscamente y Francisco se golpeó el pómulo contra el cristal.
La escena provocó un suspiro colectivo, pero con la serenidad que lo caracterizaba, sonrió y continuó. Fue atendido por su equipo y por Lorenza Pérez Barrios, líder comunitaria del sector. Con un apósito en la mejilla, siguió repartiendo bendiciones como si nada hubiera pasado.
Ese gesto, simple pero inmenso, quedó grabado en la memoria de una ciudad que encontró en él un símbolo de ternura y resiliencia. Hoy Cartagena lo llora y lo recuerda, con el mismo fervor con el que aquella mañana de septiembre se volcó a sus calles para verlo pasar.
Francisco no solo fue un visitante ilustre; fue, por un instante eterno, parte del alma de esta ciudad.




