
La prolongada sequía que azota Colombia ha llevado al río Magdalena a niveles críticos, generando preocupación por el suministro de agua y el transporte fluvial en numerosas regiones del país. En solo cuatro meses, el caudal del río ha disminuido drásticamente de 9.5 metros a apenas 3.3 metros, un descenso alarmante que ha sido atribuido al fenómeno de «El Niño» y a las altas temperaturas.
Según la Corporación Autónoma Regional del Magdalena (Corpamag), el caudal ha caído en un 60%, pasando de más de siete mil metros cúbicos por segundo a menos de 2.700 metros cúbicos por segundo. Las consecuencias de esta sequía son devastadoras: la falta de oxígeno ha resultado en un aumento en la mortalidad de la fauna marítima, impactando la pesca y la comercialización de peces.
La navegación también se ve afectada, con embarcaciones que luchan por transitar debido al bajo nivel del agua y montañas de arena que bloquean el paso en áreas como Bodega, Carpintero y Gamarra. Este escenario dificulta el comercio y el transporte de carga, además de afectar el suministro de agua potable en comunidades cercanas que dependen del río Magdalena.
Ante esta crisis, las autoridades locales están tomando medidas para mitigar los impactos. En municipios como Chibolo, se ha suspendido el servicio de agua debido a la baja disponibilidad en el río. Se han implementado turbinas sumergibles en los tubos de captación para facilitar el acceso al agua potable, aunque los desafíos persisten debido a la gravedad de la sequía.
La situación en el río Magdalena es un recordatorio contundente de la urgente necesidad de abordar el cambio climático y sus impactos en los recursos hídricos del país.




